Manual de la Perfecta Cabrona (Elisabeth Hilts)



Este libro es para mi hija, Skannon Hillory Hector, cuya visión y ayuda fueron
esenciales para realizarlo; y para mi padre, Robert Gifford Hilts, a quien sigo echando
de menos cada día.
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¿Podrías aceptar más trabajo sin que te aumentemos el
sueldo o te ascendamos?
Me gustaría que llamaras más a menudo.
¿Podrías hacerme el trabajo de plástica para mañana? Si no
lo llevo, me suspenden.
¿Podrías parecerte más a la hija que siempre quise?
¡YO CREO QUE NO!
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“Teníamos tanto en común: yo lo amaba y él se amaba a sí mismo”.
SHELLEY WINTERS

[INTRODUCCION]
Plantada, pero con los ojos abiertos.
Dejad que os explique en un momento por qué escribí este libro.
Todo empezó en febrero de 1993, con mi artículo "Ponte en contacto con la cabrona que
llevas dentro», publicado en Hysteria, una revista de humor para mujeres.
La revista se publicó, una personalidad en el medio de las comunicaciones vio el artículo
y me llamó para que diera una entrevista en la radio y, de repente, fui considerada
como “la experta en la cabrona que llevamos dentro». Pues bien, lo soy. Pero antes de
que «ella» se convirtiera en el objeto de mi especialización, era experta en encanto
tóxico. Desde el día de mi nacimiento me entrenaron en las habilidades del encanto. La
frase que mi madre me repetía más veces era: «Elizabeth, compórtate»,
Y lo intenté. De verdad. Procuré ser un ejemplo de amabilidad: una Melania Wilkes,
una Beth de Mujercitas (¿o era Amy?), una Mary Ingalls... Aprendí de memoria los
nombres de los componentes de la familia más tóxica, los Encanto: Actuar, Hablar,
Sentarse, Pensar e, incluso, Vestir.
Hablar con Encanto fue difícil. Intenté mantener un tono de voz bajo y bien modulado.
Cuando eso no funcionó, lo subí una octava, lo que me obligó a susurrar. Yo creía que
sonaba más dulce; todos los demás, que tenía laringitis.
Vestir con Encanto casi me hizo perder la razón. ¡Encanto... cuando lo que yo quería
era usar blusas cortas! ¡Escotes! ¡Ropa entallada! Pero, al final, fue el viejo Actuar con
Encanto el más tóxico de la familia. Simplemente, no podía hacerla. Me reía estrepitosamente;
decía lo primero que se me pasaba por la cabeza. Cuando era adolescente, mis
amigas solían decirme: «¡Deja de hacer el ridículo!», y en los momentos en los que era
necesario guardar una discreción extrema, me daban un codazo y siseaban: ¡Liiiiiiz!».
En privado se morían de risa al recordar las (innumerables) veces que saqué los pies
del tiesto.
Además, todas sabíamos la verdad: eran las cabronas quienes se llevaban el gato al
agua. Por ejemplo, Escarlata O'Hara: ella era la estrella de la película, ¿no es cierto? Y
se llevó la mejor parte. Puede que Melania se quedara al final con Ashley, ¿pero quién
quiere un Ashley? Cualquiera con un poco de visión puede darse cuenta de que Ashley
era... Ashley.
Pero los convencionalismos del encanto siguieron acosándome hasta que sucedió ESO.
El incidente que por fin me hizo ver que el encanto podía ser tóxico.



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